“Sin título”

CAPITULO I

Camino absorta al compás repiqueteante de mis pasos insomnes desemperezando mis penitentes pensamientos, saludando automáticamente a los escasos madrugadores que comienzan a rellenar aquél espacio, recinto de seguridad. Mientras intento abrir la puerta de mi consulta te veo sentado en la sala de espera y de nuevo me inunda aquella mezcla de sensaciones inquietas que estallaron en mi interior durante la primera consulta que tuvimos.

Todo comenzó cuando rompiste el silencio y me preguntaste porqué tenia esta necesidad de solucionarlo todo, y al recordarte que eras tú quién habías acudido a mi buscando un alivio para tu dolor de pierna, me devolviste la frase que yo te había dado en respuesta a tu demanda, “no se preocupe que esto tiene solución”, y apostillaste además “Solución final. El holocausto”. Aunque rápidamente aclaraste que era una broma, me sentí molesta; muy a mi pesar tuve que reconocer que esa irritación no era por tu broma sino por la torpeza de mi intervención, por lo que esta dejaba traslucir. Me pillaste en falta. Me jode que me pillen en falta. Me jode que se note cuando me activo; que se note cuando he perdido el control, aunque solo sea un poco; que se note cuando me emociono.

Más adelante me planteaste tus objetivos con claridad, “verá, preferiría que tratase de calmar esta pierna y que me permita, aunque sea brevemente dar unos paseos por el monte, sin necesidad de acudir al hospital”, de nuevo me sentí incomoda. No me gusta dejar cabos sueltos, y tu dolor de pierna no me da buena espina. Otra vez encendiste mi inquietud, de nuevo esa sensación ambivalente de extrañeza y de reconocimiento a un tiempo, que me irritaba y a la vez me desarmaba. Me desarmaba hasta el punto de que cuando empezaba a señalarte, investida de un teatral aura de autoridad, los riesgos de tu postura “no sé si Ud sabrá…”, y tú me cortaste susurrándome, porque para mi fue como un susurro con algo, no se qué, hipnótico “si, lo sé perfectamente…” solo pude refugiarme en la pantalla de ordenador y comenzar a teclear.

Intenté centrarme tanto en la rutina que cuando señalaste que parecía absorta en mi tarea con total sinceridad te descubrí que sí, que esa es mi entera dedicación; y a continuación, con una precisión casi quirúrgica, repetiste “¿su entera….?” provocando un rubor desazonador ante la impudicia de mi desnudez frente a un desconocido,

Por supuesto te fuiste con todas los estudios que YO considero pertinentes, lo que incluye una visita al hospital, faltaría más. Pero, pero, algo había cambiado.

Recuerdo que cuando saliste me levanté y fui hacia la ventana atraída por la tenue y débil luz de un sol en decadencia, la abrí para aspirar los reciente olores ocres y tibios de aquel lánguido otoño que tanto asemejaba mi interior. Mi nariz aleteaba con el repicar de aquella palabra: soluciones. Amargura, desencanto, infelicidad…¿porqué había salido mal? Era incapaz de entenderlo, solo sentía el acido y punzante sabor de la decepción. Fede se había ido, me había dejado sola como la huella de la última ola del verano, creía haberle dado todo desde que desgarró mi virginidad, ¡que imbécil pude ser! El siempre recelaba de mi dedicación primero por los estudios y después por el trabajo, como si él tuviera que competir con mi profesión. Nunca entendía que me quedara mas tiempo en el hospital, que no saliera con sus amigos, que me pareciera tan superfluo aquellas reuniones hablando repetitivamente de anécdotas pasadas y de los niños que iban aumentando el grupo de íntimos, todo tan repetitivo como una cadena de montaje, parejas buscando que hacer entre polvo y polvo, masticando, bebiendo, caminando paralelos hacia el declinar de las hojas del calendario, sin dar sentido al absurdo de sus vidas. Yo no era así, desacompasada en el tic-tac del fluir, tan solo encontraba asidero en lo mío. El no lo entendía y yo trataba de solucionar lo nuestro ¿pero como? ¿Acaso no era capaz de controlar algo tan complejo como los distintos mecanismos del diagnostico y verme inepta de controlar mi propio destino?.

En fin, vamos a la tarea que la lista hoy es de meter miedo…

.-“Buenos días. Julio R, pase, por favor….”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO II

¡Qué absurdo! Me ponen enfermo estos lugares, preludios de huertos de cipreses, modernas ermitas con tejos de plástico y neón , asépticos templos de sahumerios cloroformados donde los feligreses rezan en comunión para ser dignos de recibir la gracia radiofísica, la penetración sangrienta del acero sanador, de los brebajes buscadores de la eternidad y todos ellos representantes sin saberlo de los muertos que nos rondan, sentados dócilmente esperando oír su nombre para desaparecer tras la puerta que dará acceso a sus vanas esperanzas. Dios! Esta puta pierna me recuerda mi debilidad y comunión con los que esperan, a ver cuando me toca. Nadie se acerca a mi, se ve que he tenido éxito con mi don de gentes. He logrado maquillar mi cara y mis gestos de repelente ahuyentador de vecinos imbéciles. El otoño me recuerda a ti, dulce e inexorablemente, como el primer beso que te robé sentados al borde de aquella ría tapizada de redes que se esparcían hasta tus tobillos y me trasformé en una de ellas enredándote con mis abrazos, penetrando por los intersticios de tus pliegues hasta crear mil nudos indesenlazables. ¿Porqué te tuviste que ir?. Te escabulliste como un dúctil pescadillo. ¿A qué mar oscuro te precipitaste? Cancer. Te mordió en otoño y te llevo al final del verano. Dejándome el dolor perenne de tu recuerdo, el dolor de vivir. Maldita pierna! Necesito calmar este dolor!. Todo este tiempo sin ti, estéril, hundido entre paredes desnudas y alfombras pisadas por los dos, buscando la inconsciencia con la puta y absurda jardinería que a ti tanto te gustaba, los paseos por el monte, volviendo a fumar (si, y también a beber). Las tensas esperas en aquellas salas rodeados de almas sentados al borde de la laguna Estigia, las pesadas sesiones de quimioterapia (todo se me agolpa en esta salsa de espera), la frialdad de aquel léxico, nuestras manos entrelazadas sudorosamente y tu interés en escucharlas de boca de aquel joven presuntuoso, frías y una y otra vez repetidas, ausentes de emoción, pero tu sonreías mientras yo le mandaba a tomar por culo en mi interior.

Y aquí estamos de nuevo, tu sonrisa, mi puta pierna, y yo. Esta pierna que me ata a lo más cotidiano, que me coge por el cuello y me pega la nariz a la realidad, para que no pueda volver la cabeza ante la imagen de mi progresiva ruina; que me obliga a lo que mas odio, que me obliga a pedir ayuda. Y para colmo, ahora ni siquiera puedo coger a la soledad del brazo y sacarla a pasear…¡con lo que me había costado aprender!

.-“Buenos días. Julio R, pase, por favor….”

 

 

 

 

CAPITULO III

.-“Buenos días. Julio R, pase, por favor….”

 

– Pase, por favor. Ud. me dirá. Julio le alarga una hoja perfectamente doblada

– Hace unos días me caí y rompí la pierna del martirio, fue algo estúpido, iba pasando por un camino ligeramente escarpado y al tratar de esquivar un pequeño regato, me falló la pierna y sonó algo tan inconfundible, aunque no lo hayas oído nunca, que me tumbó sin esfuerzo.

– Pero…le recogieron después de muchas horas ya en estado de hipotermia, estaba Ud. grave!.

– Iba solo y no tengo móvil, ya ve la ronquera que todavía tengo de tanto gritar pidiendo ayuda, pero claramente no era mi hora.

– Y su familia ¿no le echaron de menos?

– No tengo

– ¿Vive solo?

– Desde hace 16 meses y 14 días.

– ……

– Mi mujer me dejó

– ¿Se separaron?

– No, se murió.

(Siencio)

– Y ¿cómo se encuentra ahora?

– Me lo pregunta por mi estado de ánimo o por el físico

– Por los dos.

– La pierna sigue su curso, con altibajos, pero espero que la calmemos con analgésicos, y además no ha salido mal parada de este percancillo…¿la noto algo sorprendida?

– Si! Me imagino la situación angustiosa que ha tenido que pasar y me resulta sorprendente la serenidad como me lo está contando

– Quizás porque Ud. ve miedo y yo no lo he tenido, hace algún tiempo que no me asusta la muerte

– Parece estar muy seguro

– Solo en cuanto al deseo, pero estoy perdido frente al tiempo que me falta hasta conseguirlo

– Es por lo de su mujer…¿no lo ha superado?

– No, no es un reto. No es un estado de duelo que va dejando paso con mayor o menor premura a una vida mutilada, donde se puede adaptar al camino que queda, no, no es eso

– Pero Ud. parece triste por la pérdida

– Si, me inunda la tristeza, pero no me molesta lo mas mínimo, somos compañeros desde hace tiempo y nos toleramos. Entiendo que llevo el paso cambiado, todos en busca de la felicidad y yo dándole la espalda

– Y ¿antes?

– ¿Se refiere cuando vivía con mi esposa?

– Si

– ……..no sabría decirle….. ella me hacia cierto bien, vivimos tiempos duros, difíciles, nos sentíamos acompañados mutuamente ante un entorno que considerábamos vulgar, mediocre, solo caminar a su lado hacia un punto sin horizonte se me hacía liviano..

– Ahora, se le hace cuesta arriba ese camino..

– No, me he apartado de el, no tengo ningún interés en seguir, ya no hay horizonte, solo tinieblas y la nada, me he apartado y simplemente espero

– ¿A quién?

– A ella

 

Autores: Jesus Esteban Pellón y Jose Ignacio Santamari

 

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  Comentarios

 

Comentario de JR Vázquez Díaz

 

Se trata de un relato con gran riqueza narrativa que nos permite reflexionar no sólo sobre lo que sentimos cuando nos relacionamos con nuestros pacientes sino como influye nuestro propio estado, en el contenido de la relación, y esto se logra narrando las voces interiores de una médica y su paciente así como el diálogo del mismo paciente con su médica en la consulta.

Dicho relato describe un paralelismo biográfico y sentimental en médico y paciente en el que aparecen en primer plano la soledad y la desesperanza. El camino recorrido por ambos ha sido bien distinto pero, en verdad, es lo experimentado en ese camino lo que dibuja la realidad en la que cada uno se encuentra y que tanto está influyendo en la agenda y el contenido de la relación.

Si bien los médicos estamos acostumbrados a que sea así cuando se trata de los pacientes, -en definitiva son el dolor, el temor, la percepción de amenaza o “los otros” … los que los impulsan hasta nosotros-, no nos resulta tan fácil tomar conciencia de en qué medida nuestro estado personal puede estar determinando buena parte del contenido y del resultado de nuestra relación de ayuda.

El paciente, sólo y sin esperanza, se deja llevar a ninguna parte y espera. La experiencia de la enfermedad y muerte de su mujer condicionan también su relación con el sistema sanitario.

La médica se agarra a la medicina para no despeñarse en los abismos, -relación de pareja, amigos …- pero no logra la serenidad necesaria para mejorar en su trabajo ni, aun, la fuerza para comenzar un nuevo camino.

A pesar de su interior atormentado, logra –sorprendentemente- una comunicación, en apariencia, empática con el paciente y abrir canales comunicativos que le podrían permitir ser “centered” , pero la soledad y el aislamiento la ensimisman, y le impiden ser centrada en la persona. Su voz interior, su “self-awareness” no traspasa su propio “self” y no llega a comprender a la persona que tiene frente a sí. En realidad muestra inseguridad e incapacidad para penetrar en otras realidades cuando la suya propia, su propio destino se ha oscurecido.

 

Comentario de Francesc Borrell

 

SISIFO EN LA CONSULTA

Comentamos en esta ocasión un texto literario que “puede ser” también la experiencia de una doctora. “Puede ser”, decíamos, pero predominan en la composición aspectos poéticos y estéticos que lo apartan de una narración estrictamente biográfica. Los protagonistas, una doctora y un hombre viudo, aquejado de dolor articular, arrastran sendas crisis: la mujer una separación reciente, el hombre un duelo aceptado pero profundo. Ignoramos algo importante de ambos: la edad. Sabemos, sin embargo, que es la segunda entrevista, que la primera causó cierta zozobra en la doctora, y que la lengua de Julio R es acerada, y sus comentarios dan donde mas duele, quizás para disipar en los demás el dolor que le inunda.

Sería coherente pensar que Julio es de mayor edad que la doctora, y que el repentino interés de ésta por la vida de aquél arranca solo de la sorpresa. En efecto, cuando en la consulta nos encontramos con un paciente cuya impertinencia nos pertenece, sentimos aversión y curiosidad al unísono. El diálogo que se nos brinda explora la intimidad, un territorio en general defendido por los síntomas. ¿Acaso no es suficiente cebo ofrecer una rodilla quebrada como para que la doctora se fije nada menos que en la humanidad de su propietario? Sea como fuere poco le cuesta a Julio mostrarse como es, huraño, esquivo, quizás entrañable, un ser humano que vive por vivir, alimentado por la nostalgia y sin ilusión por el mañana. Todo lo que espera, declara, es encontrarse con ella, su esposa, la muerte.

Si trasladamos ahora este bello pasaje al mundo real, al mundo de los pacientes que visitamos cada día, vemos varios estilos de afrontamiento de una pérdida significativa. Algunos pacientes se refugian en creencias religiosas. Estas creencias actúan como una supra- narración que le señala al sujeto un más allá de reencuentro. La mayor parte de religiones coinciden en la afirmación de una eternidad donde se premia la bondad de nuestros actos. Resulta muy reconfortante inscribir nuestra biografía en una profecía de este tipo. Por cierto, hay otras: nos la brinda a veces nuestra familia, una persona significativa, por ejemplo un médico… Solo hay un “pero”… nos la tenemos que creer “del todo”, no valen medias tintas.

En la actualidad emerge otro estilo de afrontamiento casi mas frecuente, un estilo que no afirma ni niega esta supra- narración, pero que se queda en este mundo, absorto por el presente. Con el tiempo, los nietos y un punto de Alzheimer –o antidepresivos- el dolor de la pérdida se atenúa, y este presente se hace soportable. El anciano se refugia en el pasado. No es el caso de Julio que gusta del dolor, se alimenta del dolor. Nos resulta fácil imaginarlo en un mundo de realidades profanas en el que su relación de pareja era este punto mágico que trasmuta cada instante en algo digno de ser recordado.

Todas las personas necesitamos vivir de manera ilusionada. La ilusión de Julio posiblemente residía en gran medida en la relación de pareja. Podemos advertir en nuestras consultas de médicos de familia que hay muchas maneras de envejecer, y una de ellas –quizás una de las mas afortunadas- consiste en una convivencia grata de pareja. En tales casos la ilusión reside en la relación, y no se le pide al tiempo otra cosa que respeto…. Sísifo arrastra su roca sabiendo la inutilidad de su esfuerzo, pero bien acompañado… ¿se puede pedir mas a la vida? Sin embargo al final siempre nos aguarda la muerte. No podemos esquivar el punto de dramatismo que cada uno tiene asignado y, si acaso, lo mas que podemos hacer es evitar que el drama devenga comedia. Julio sabe bien que este punto de dignidad, casi de altanería, le distancia de la complacencia o la compasión. Prefiere mostrarse arisco a patético. Sensible como es le horroriza la sensiblería. Hijo de Zaratustra le veo danzando en la noche estrellada sin temor a la muerte, pero sin aliento para la vida. Así es nuestra corta existencia en ocasiones: nos negamos el pan y la sal por falta de significado. Perdida la relación, Julio ha perdido lo que le anclaba a la vida, lo mas significativo en su vida. ¿Acaso no podría buscar otras fuentes de significado? Quizás un psicólogo pudiera hablarnos de un error en la perspectiva vital, quizás un religioso nos hablaría de otras realidades mas importantes que nuestro círculo de relaciones íntimas, quizás un filósofo nos hablaría de consolación en el saber… Los médicos de familia, sin embargo, sabemos que hay algo mas importante que el significado, y es la dignidad de cada cual. Esta dignidad no puede manipularla nuestra voluntad porque no es hija de una reflexión, es hija de nuestras vidas. Julio permanece fiel a su dolor… por dignidad. No puede escoger ser mas feliz de lo que es, ni lo pretende; su compromiso con la vida es aceptar este dolor. Nuestras vidas son estelas en el mar que borrará el tiempo, pero nunca nosotros. Conocedor de esta realidad, Julio ha aprendido a vivir sin pretender ser feliz, pero tampoco sintiéndose desesperado.

 

 

Comentario sobre “SIN TITULO”

Candelaria Díaz Gómez

 

No fue fácil comentar este texto, da para mucho y realmente me hizo reflexionar .

Primero, desde el punto de vista racional y viéndolo únicamente con estos ojos ,diría que el ejercicio profesional se podría resumir en una palabra: correcto. La médico intenta acercarse al paciente, intenta ser empática, hace las preguntas pertinentes para entender el caso y saca sus propias conclusiones médicas actuando en consecuencia (le solicita los estudios que cree son necesarios y lo deriva al hospital ) pero omite los deseos del paciente: él solo quiere aplacar su dolor sin más. Por tanto no existe un acercamiento entre ambos.

Desde el punto de vista emocional ahí sí se da un nexo común. Dos personas que no se conocen , se acercan cada una de ellas hacia el vértice del triangulo para sentir o expresar el mismo sentimiento: La soledad.

A él su dolor físico lo mantiene en este mundo, le recuerda que está vivo y que por tanto va a seguir sintiendo su dolor (el otro, el psíquico). Es por eso, por lo que pide no sentir nada. Quiere Analgesia para su soledad .

A ella, el sarcasmo de él la hace tambalear, perder el control, mostrarle sus máscaras, máscaras que la han Analgesiado y así no tener que sentir su propia soledad.

Él busca su analgesia y ella se da cuenta que está analgesiada y por supuesto sin sentirte a ti mismo no puedes sentir al otro. Por tanto se debería unificar lo racional y emocional pero no intentando ser racional en las emociones, no basta con ser empático, hay que llegar más allá e intentar sentirnos, autoexplorar nuestra emocionalidad para así poder comprender mejor al otro y acercarnos REALMENTE

 

 

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